La habitación china de Searle: ¿El Traductor de Google habla chino, o sólo lo traduce?

Una forma fácil de aprender chino es relacionar las formas de los caracteres con el significado al que representan. Sólo un humano puede hacer algo así. Imagen: ShaoLan, Chineasy.org

¿Conoces el experimento de La habitación china? Es un experimento mental que podría ser la base de por qué son necesarios escritores y traductores humanos en una era digital casi por completo. Sigue leyendo para saber por qué las máquinas nunca serán tan buenas escribiendo y traduciendo. 

Todos conocemos el test de Turing. Se trata de un sistema muy simple propuesto por Alan Turing, el padre de la ciencia computacional, en 1950. Consiste en colocar en habitaciones separadas una máquina, un ser humano y un juez, también humano. El juez lanza preguntas a los otros dos participantes y recibe respuestas sin saber con seguridad cuál está en cada habitación. Tanto la máquina como la persona tienen permiso para mentir o equivocarse si quieren. La conclusión es que el juez debería ser capaz de identificar al otro ser humano por las respuestas que recibe. En caso de equivocarse, se considera que la máquina es capaz de engañar a un ser humano y, por tanto, posee inteligencia.

El test de Turing fue la prueba vigente durante muchos años de investigación en el campo de la inteligencia artificial, pero en las últimas décadas los avances han hecho que esta prueba “se quede corta”, ya que hay máquinas que pasan el test de Turing y sin embargo no se les puede considerar inteligentes. Es el caso de las inteligencias artificiales capaces de ganar partidas de ajedrez o damas, sin que el oponente humano sepa que juega contra una máquina. Esas máquinas están diseñadas y programadas para una función concreta, ganar el juego, pero es evidente que no poseen una inteligencia propia, al menos no como la entendemos los humanos.

Como contraargumento al test propuesto por Turing, John Searle planteó un experimento mental en 1980, llamado La habitación china. Este experimento sigue la línea del test de Turing, pero las conclusiones que se extraen son más complejas, aunque también abiertas a debate.

La habitación china consiste en un cuarto cerrado en el que hay una persona que no habla chino y un hablante nativo de chino que se encuentra fuera de la habitación. El nativo puede comunicarse con la persona del interior de la habitación pasándole notas escritas en chino. Para poder responder, el humano de la habitación dispone de toda clase de manuales, diccionarios y obras de referencia de chino, que puede entender porqué están en su propia lengua. De esta manera, el encerrado descifra el mensaje que le llega con la ayuda de los libros e intenta componer una respuesta lógica, traduciéndola al chino de nuevo para que el nativo la comprenda al pasarla de nuevo al exterior. La comunicación se realiza satisfactoriamente, puede que con algún error de magnitud variable, pero se lleva a cabo. Vista esta situación, Searle plantea varias preguntas.

  1. ¿Habla chino la persona encerrada en la habitación?
  2. Si es evidente que no habla chino, ¿cómo puede responder a las preguntas del nativo?
  3. ¿Son los libros, manuales y diccionarios los que hablan chino?
  4. ¿Podemos considerar el conjunto encerrado+nativo+habitación+libros como un sistema que entiende el chino?

La conclusión que Searle extrae de su experimento es que tanto las máquinas como los humanos son capaces de comprender la sintaxis. Por eso ambos pueden pasar el test de Turing y comunicarse en chino desde el interior de la habitación. La diferencia residiría en la semántica, en el significado de las diferentes palabras. Es decir, una máquina puede comprender las partes de un texto, la formación de las palabras y la categoría gramatical de cada una, pero no conoce sus significados, de la misma manera que no se puede decir que la persona en el interior de la habitación hable chino. Es ahí a donde quiero ir a parar con esta larga explicación de experimentos filosóficos.

Una máquina jamás será capaz de relacionar “fuego” con “grande” e interpretarlo como “enfado”. Imagen: ShaoLan, Chineasy.org

En La habitación china está el Traductor de Google o cualquiera de los programas que existen hoy en día capaces de generar un texto de forma automática. El traductor o redactor automático sólo es capaz de interpretar un programa que ha le ha sido proporcionado previamente. Es decir, sólo puede consultar los libros que se encuentran dentro de su habitación. Y aún en el caso de que la máquina sea capaz de cierto grado de aprendizaje y de superar los límites del programa inicial, de momento no es capaz de comprender matices sutiles de un sistema tan complejo como es el lenguaje humano. Ni siquiera todos los humanos son capaces de entender el sarcasmo o las metáforas más complejas, o de diferencias entre palabras con significado muy similar y a la vez abstracto, como honradez, honestidad y sinceridad. Por no hablar de intentar traducir un juego de palabras, como el famoso “Hold the door”.

Una persona encerrada en una habitación con un montón de libros no es un traductor. Una máquina capaz de almacenar y analizar todas las palabras existentes en una lengua y ordenarlas acorde a la sintaxis de dicha lengua no es un escritor. Es por eso que la inteligencia artificial japonesa que se presentó a un concurso literario no pudo ganar. Esta máquina que pintó un Rembrandt no es un pintor. Que sea capaz de realizar la obra física no significa que comprenda lo que ésta puede llegar a transmitir ni que sea consciente de qué es el arte y cuál es su fin. Al fin y al cabo, el Rembrandt digital no existiría sin los 18 meses que emplearon historiadores del arte, ingenieros y científicos en analizar la obra completa del pintor y en crear la base de datos a partir de la cual el programa generó la nueva pintura. Es por eso que no debemos olvidar el valor del aprendizaje y el esfuerzo humanos. Es por eso que las traducciones profesionales, los diseños profesionales, las fotografías profesionales o la composición musical profesional no son gratis.

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