En defensa de la literatura en las clases

En defensa de la literatura en las clases

Afirmando que las clases de literatura son innecesarias, sólo conseguimos separarnos de aquello que más humano es en nosotros: los sentimientos, el intelecto y la necesidad de comunicarse con nuestros iguales, presentes y futuros. Las carreras y las asignaturas ya no son sólo de ciencias o “de broma”. Aprendamos el verdadero valor de enseñar textos en los colegios. 

Era una mañana de mayo y la clase de lengua estaba siendo una tortura teniendo en cuenta que afuera hacía sol y pronto iban a abrir la piscina municipal. Yo tenía unos quince años y miraba al profesor de lengua con la cara apoyada en el puño, intentando que mi desdén y aburrimiento fuesen evidentes. Entonces el profesor de lengua dejó una frase a medias y salió de la clase sin decir nada. Todos nos miramos estupefactos, pensando que lo habríamos hecho enfadar o algo parecido.

A los pocos minutos, David (que así es como se llamaba) volvió con una pila de libros que tenía que sujetar con las dos manos. Había ido a la biblioteca del colegio en la planta inferior a nuestra clase y traía libros de relatos cortos y poemas. Había un poquito de todo, no soy capaz de recordar los nombres porqué entonces no me sonaba casi ninguno. El que sí recuerdo es el de Quim Monzó. Había varios libros de él, a David le gustaba su estilo y creyó poder llamar nuestra atención con el lenguaje obsceno que Monzó usa a menudo y de forma magistral.

El profesor dejó caer todos los libros en su mesa y nos dijo que eligiéramos uno, el que fuese, no importaba cuál y que lo ojeásemos para elegir una pieza y leerla en voz alta. Pero aquello no iba a ser un recital normal y corriente. No iba a consistir en que de uno en uno nos plantásemos delante de la pizarra a declarar lo que quiera que tuviésemos en las manos. Mientras nosotros nos pasábamos los libros de mano en mano, David despejó el centro de la clase de pupitres y colocó las sillas en círculo para que nos sentásemos. La persona que tenía que leer en cada momento tenía total libertad para moverse por la clase, para leer de pie o sentado y para elegir la pieza que quisiese, sin importar el contenido o la forma. No había reglas en el club de la lectura, excepto que una: que todo el mundo debía leer.

Lo que David no se esperaba era que de esa actividad suya surgiese una declaración de amor. Algo así podría ser normal entre los alumnos, aunque la timidez de la adolescencia hubiera hecho imposible tal cosa. Lo que pasó fue que una alumna, mi amiga Laura, le declaró amor eterno a David con el libro en las manos. Ella escogió un poema subido de tono del libro que le había tocado y hasta montó un pequeño espectáculo, apoyando una rodilla en el suelo y haciendo aspavientos con los brazos para darle todo el énfasis posible a su discurso. Obviamente lo que pasó es que la clase estalló en una tremenda carcajada, la alumna enamorada la primera, y que David le dió las gracias por sus palabras y le explicó que lo suyo era imposible, todo entre risas. Después vino el desamor y los demás continuaron leyendo las piezas que habían elegido, pero eso sí, ya habían perdido la vergüenza al público y el miedo a la literatura.

Lo que David hizo ese día fue mucho más que una actividad diferente en una clase de lengua. Lo que hizo ese día fue enseñarnos el verdadero valor de la literatura. Cuando leímos en los textos de Monzó referencias explícitas a genitales o cuando vimos con nuestros propios ojos el objetivo de un poema de amor, que es enamorar o, por lo menos intentarlo, entonces pudimos empezar a comprender por qué se estudia literatura en los colegios.

Aquella asignatura, o parte de una asignatura, que era tan difícil, con tantos datos que recordar, tantas palabras que no comprendíamos y tantos señores que habían muerto hace siglos, se quitó parte de su velo para que pudiésemos contemplarla. La literatura era ni más ni menos que el vehículo de las emociones entre las personas, era lo que usaba Laura para decirle a David que le quería. La literatura dejaba de ser cosa de gente mayor con el pelo blanco y trajes a cuadros. Bajaba de la cátedra para hablar de cosas cotidianas, como las discusiones de pareja, las llamadas telefónicas a deshora o el placer carnal que uno podía describir sin tapujos.

Por supuesto, lo que David hizo ese día no fue ningún milagro, ni tampoco sirvió para que toda la clase de quinceañeros aprobase lengua y se convirtiese en amante de la lectura. Eso ocurrió sólo con algunos, entre ellos yo, que además pudimos descubrir autores que no conocíamos y facetas de la literatura que creíamos inexistentes.

David nunca dejó de intentar que nos enamorásemos de la literatura. Cuando estudiamos el Romanticismo, nos puso de deberes escribir un poema al estilo romántico. Cuando llegamos al tema del Naturalismo, nos sacó fuera de la clase para que practicásemos la escritura de descripciones. Puede que aún así hubiese suspensos y alumnos que no cogían un libro ni aunque les pagasen, pero hizo que las clases empezasen a tener sentido en vez de ser una ristra de palabras y nombres que para nosotros eran inconexos.

La literatura no tiene la culpa de ser difícil, ni los chavales tienen la culpa de huir de lo que les parece difícil o, peor todavía, sin sentido. Pero ni eliminar la literatura de los programas educativos ni meterla con embudo por las gargantas de los quinceañeros puede ser solución alguna. De lo que se trata es de que sean los propios alumnos los que se convenzan de que las asignaturas y carreras mal llamadas “de letras” no son ni fáciles ni estúpidas. Son igual de valiosas que el resto de facetas del conocimiento y no deben dejarse a un lado, porqué dejar de ser “de letras” significa separarse de los elementos más humanos que poseemos: los sentimientos, el intelecto y la necesidad de comunicación con nuestros iguales, presentes y futuros.

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Un pensamiento en “En defensa de la literatura en las clases

  1. Dicen que el que lee vive muchas vidas.
    Pero he planteado a varios profesores que no se puede comenzar con lecturas antiguas y aburridas, a pesar de que se quiera llevar un órden cronológico.
    Primero hay que interesar al alumno con cosas que le llamen la atención.
    Ahí es donde comenzamos a conquistarlos.
    Un abrazo.

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