Hay que leer a los clásicos

lee los clásicos

Los clásicos son clásicos por algo. Para ellos no existe el tiempo. Sólo existen ellos, y existen en todas las épocas a la vez. Es por eso que son clásicos. Como una camisa blanca. Combinan con todo, quedan bien con falda y con pantalón, funcionan solos o con complementos y nunca pasan de moda, porqué los clásicos no comprenden el concepto de moda.

Los clásicos no entienden cómo es que a las personas nos cambian las apetencias con esa velocidad vertiginosa. No ven cómo es posible que hoy vendan los romances de adolescentes y mañana el éxito sean las obras conspiranoicas sobre Jesús de Nazaret, para dar paso pasado mañana a amores imposibles con elementos sadomasoquistas. Los clásicos no necesitan adaptarse a las modas porqué ellos ya lo tienen todo. Sus páginas albergan todo el conocimiento que es necesario tener. Todas las historias de amor ya han sido contadas. Todos los regicidios, documentados. Todas las pasiones, destripadas y expuestas en su forma más cruda. Todos los viajes a tierras nuevas y desconocidas han sido relatados, incluso los que no ocurrieron.

Los clásicos desempeñan el papel que antaño pertenecía a los ancianos de las aldeas. Ese papel era el de adquirir y preservar la mayor cantidad posible de conocimiento para transmitirlo y aplicarlo siempre que los jóvenes lo necesitasen. Ellos eran las fuentes donde el resto de la aldea acudía en los momentos en que la sed era peor. Eran el pilar sobre el que se apoyaba toda la sociedad y ese pilar era firme, porqué se había construido con los sedimentos de la tradición. Pero igual que los ancianos de las aldeas, a los clásicos ya nadie los escucha.

Pensamos que Internet tiene todas las respuestas, pero olvidamos que no sabemos plantear las preguntas. Es precisamente eso lo que aprendemos cuando leemos los clásicos: a preguntar. Aprendemos de las preguntas de los demás y de las respuestas que obtienen y de las que dejan de obtener, que la vida es una duda constante. Aprendemos que no debemos tomar nada por supuesto ni por seguro, porqué en la existencia humana no hay tal cosa como “supuesto” o “seguro”. Aprendemos que todo cambia y que todo permanece igual, por trágicos o cómicos que nos parezcan los sucesos de nuestro día a día. Aprendemos que cada uno de nosotros somos insignificantes y a la vez esenciales.

Hay que leer a los clásicos. Si no podemos leer a los clásicos, hay que leer adaptaciones de los clásicos. Si ni por esas, hay que ver las películas que se han hecho de los clásicos. Las historias que todos ellos encierran, y no quiero mencionar a unos pocos, porqué significaría dejarme a otros muchos, han de ser contadas una y otra vez hasta que todos hayamos aprendido las moralejas que contienen. Sólo así seremos capaces de crear nuestros propios clásicos y dejar una huella imborrable tras nosotros.

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