Discurso completo del capitán Beatty (Fahrenheit 451)

Fahrenheit 451 Discurso del capitán Beatty

Imagen: Freepik

“Fahrenheit 451” debería ser lectura obligatoria en todos los colegios del mundo. Nadie debería poder decir que ha terminado su educación si no ha leído “Fahrenheit 451”. Si también eres un amante de este libro o estás aquí porque todavía no lo conoces, pero sientes curiosidad, he preparado para ti el famoso discurso del Capitán Beatty en un solo lugar, para consultarlo con facilidad. Sigue leyendo para descubrir uno de los puntos clímax de esta impresionante obra.

Por supuesto, también es necesario conocer a Cervantes, a Goethe, a Zorrilla o a Thomas Mann. Pero sin Fahrenheit 451 no somos capaces de comprender hasta dónde llega su importancia. Fahrenheit 451 te obliga a abrir los ojos de par en par y mirar. Casi como el artilugio de La Naranja Mecánica de Anthony Burgess que separa los párpados de la persona enfrente de la pantalla, Fahrenheit 451 de inyecta directamente en el cerebro la dosis de realidad que necesitas.

En una obra relativamente corta se condensan las nociones sobre la superpoblación, el aislamiento del individuo, la evolución de los medios de comunicación de masas y el atrofiamiento de las relaciones entre las personas y entre las personas y el mundo que las rodea. Cada frase es como el mazo del juez mientras dicta sentencia; una sentencia que no puedes apelar, porque sabes que tiene razón. Y todo esto, sin embargo, sin caer en el nihilismo vacío de lamentarse por un problema en lugar de solucionarlo.

No se trata de una sentencia de muerte, sino de una condena a trabajos comunitarios. Cuando pasas la última página, tú mismo te sientes obligado por una fuerza superior a leer más, para empezar. Y no sólo a leer, sino a hacer que los demás lean. Incluso a escribir. A hacer cualquier cosa que esté en tu mano para evitar que el mundo en el que vives se convierta en el que se describe en Fahrenheit 451. Sientes la urgente necesidad de hacer algo, porque te das cuenta de que el libro fue escrito en 1953 y ya es 2016 y las profecías de Ray Bradbury no solo se cumplen, sino que se quedan cortas.

Así que te levantas del sofá en el que hasta hace un momento estabas leyendo, pones las manos en las caderas, levantas la barbilla y piensas “Se acabó. Voy a hacer algo.” Pero entonces suena una notificación en el móvil y decides ver qué está pasando y luego ya te pondrás manos a la obra con esto de leer más, hacer que los demás lean e incluso escribir algo. Miras el Facebook, te embobas y se te olvida.

El artilugio que mantenía tus párpados separados y tus ojos abiertos ya no está sobre tu cabeza. En su lugar, te ha cubierto el cálido edredón de la rutina y estás a gusto. Y pides cinco minutos más. Cinco minutos más, ¿para qué? Para seguir deslizando el dedo por la pantalla, bajando y bajando, sin ver nada en concreto, leyendo pero sin comprender lo que lees, y eso que se trata de frases cortas y simples. Deslizas y deslizas el dedo sin saber cuándo pararás. Tienes la misma sensación que cuando comes pipas. Las pipas no alimentan, no quitan el hambre, pero comes y comes y no puedes parar.

Es por eso que, como decía al principio, Fahrenheit 451 debería ser uno de los requisitos indispensables para recibir el diploma que acredita que has terminado la educación obligatoria. Pero como no es así, me gustaría realizar mi pequeña labor, ejecutar parte de mi sentencia a trabajos comunitarios, y citar aquí el discurso que el capitán Beatty le da al protagonista de la historia, Guy Montag, cuando éste comienza a dudar de la labor de los bomberos-quemalibros.

Guy se siente enfermizo y febril después de haber quemado a una mujer junto con sus libros la noche anterior. Es la primera vez que quema algo que no es un objeto inanimado y el golpe ha sido duro. Ese suceso también es el último de una serie de hechos que hacen que Guy Montag se interese por los libros, por lo que contienen y por la causa de la pasión de personas que eligen morir antes que separarse de ellos. Esto es lo que Beatty le cuenta para intentar que desaparezcan las dudas de la conciencia de Montag.

Beatty chupó su pipa.

—Tarde o temprano, a todo bombero le ocurre esto. Sólo necesita comprensión, saber cómo funcionan las ruedas. Necesitan conocer la historia de nuestra misión. Ahora no se la cuentan a los niños como hacían antes. Es una vergüenza. —Exhaló una bocanada—. Sólo los jefes de bomberos la recuerdan ahora —Otra bocanada—. Voy a contártela.

>>Me preguntarás, ¿cuándo empezó nuestra labor, cómo fue implantada, dónde, cómo? Bueno, yo diría que, en realidad, se inició aproximadamente con el acontecimiento llamado la Guerra Civil. Pese a que nuestros reglamentos afirman que fue fundada antes. En realidad es que no anduvimos muy bien hasta que la fotografía se implantó. Después las películas, a principios del siglo XX. Radio. Televisión. Las cosas empezaron a adquirir masa.

>>Y como tenían masa, se hicieron más sencillas —prosiguió diciendo Beatty—. En cierta época, los libros atraían a alguna gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era ancho. Pero, luego, el mundo se llenó de ojos, de codos y de bocas. Población doble, triple, cuádruple. Filmes y radios, revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una especie de vulgar uniformidad. ¿Me sigues?

>>Imagínalo. El hombre del siglo XIX con sus caballos, sus perros, sus coches, sus lentos desplazamientos. Luego, en el siglo XX, se acelera la cámara. Los más breves, condensaciones. Resúmenes. Todo se reduce a la anécdota, al final brusco.

>>Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas en un diccionario. Claro está, exagero. Los diccionarios únicamente servían para buscar referencias. Pero eran muchos los que sólo sabían de Hamlet (estoy seguro de que conocerás el título, Montag; es probable que, para usted, sólo constituya una especie de rumor, Mrs. Montag), sólo sabían, como digo, de Hamlet lo que había en una condensación de una página en un libro que afirmaba: Ahora, podrá leer por fin todos los clásicos. Manténgase al mismo nivel que sus vecinos. ¿Te das cuenta? Salir de la guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la guardería. Ésta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más.

>>Acelera la proyección, Montag, aprisa, ¿Clic? ¿Película? Mira, Ojo, Ahora, Adelante, Aquí, Allí, Aprisa, Ritmo, Arriba, Abajo, Dentro, Fuera, Por qué, Cómo, Quién, Qué, Dónde, ¿Eh?, ¡Oh ¡Bang!, ¡Zas!, Golpe, Bing, Bong, ¡Bum! Selecciones de selecciones. ¿Política? ¡Una columna, dos frases, un titular! Luego, en pleno aire, todo desaparece. La mente del hombre gira tan aprisa a impulsos de los editores, explotadores, locutores, que la fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de tiempo.

>>Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?

>>El cierre de cremallera desplaza al botón y el hombre ya no dispone de todo ese tiempo para pensar mientras se viste, una hora filosófica y, por lo tanto, una hora de melancolía.

>>La vida se convierte en una gran carrera, Montag. Todo se hace aprisa, de cualquier modo.

>>Vaciar los teatros excepto para que actúen payasos, e instalar en las habitaciones paredes de vidrio de bonitos colores que suben y bajan, como confeti, sangre, jerez o sauterne. Te gusta la pelota base, ¿verdad, Montag?

—La pelota base es un juego estupendo.

—Te gustan los bolos, ¿verdad, Montag?

—Los bolos, sí.

—¿Y el golf?

—El golf es un juego magnífico.

—¿Baloncesto?

—Un juego magnífico.

—¿Billar? ¿Fútbol?

—Todos son excelentes.

Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar, ¿eh? Organiza y superorganiza superdeporte. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe menos y menos. Impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. El refugio de la gasolina. Las ciudades se convierten en moteles, la gente siente impulsos nómadas y va de un sitio para otro, siguiendo las mareas, viviendo una noche en la habitación donde otro ha dormido durante el día y el de más allá la noche anterior.

>>Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. En este libro, en esta obra, en este serial de televisión la gente no quiere representar a ningún pintor, cartógrafo o mecánico que exista en la realidad. Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean máquinas de escribir. Eso hicieron. Las revistas se convirtieron en una masa insulsa y amorfa. Los libros, según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que quería, permitió la supervivencia de los libros de historietas. Y de las revistas eróticas tridimensionales, claro está. Ahí tienes, Montag. No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o periódicos profesionales.

—Sí, pero, ¿qué me dice de los bomberos?

—Ah. —Beatty se inclinó hacia delante entre la débil neblina producida por su pipa.— ¿Qué es más fácil de explicar y más lógico? Como las universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios, y creadores, la palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme lo desconocido. Sin duda, te acordarás del muchacho de tu clase que era excepcionalmente «inteligente», que recitaba la mayoría de las lecciones y daba las respuestas, en tanto que los demás permanecían como muñecos de barro, y le detestaban. ¿Y no era ese muchacho inteligente al que escogían para pegar y atormentar después de las horas de clase? Desde luego que sí. Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces todos son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. ¡Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho? ¿Yo? No los resistiría ni un minuto. Y así, cuando, por último, las casas fueron totalmente inmunizadas contra el fuego, en el mundo entero (la otra noche tenías razón en tus conjeturas) ya no hubo necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo.

>>Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. Pregúntate a ti mismo: ¿Qué queremos en esta nación, por encima de todo? La gente quiere ser feliz, ¿no es así? ¿No lo has estado oyendo toda tu vida? «Quiero ser feliz», dice la gente. Bueno, ¿no lo son? ¿No les mantenemos en acción, no les proporcionamos diversiones? Eso es para lo único que vivimos, ¿no? ¿Para el placer y las emociones? Y tendrás que admitir que nuestra civilización se lo facilita en abundancia.

>>A la gente de color no le gusta “El pequeño Sambo”. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con “La cabaña del tío Tom”. A quemarlo. Escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro. Serenidad, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador. ¿Los funerales son tristes y paganos? Eliminémoslos también. Cinco minutos después de la muerte de una persona en camino hacia la Gran Chimenea, los incineradores son abastecidos por helicópteros en todo el país. Diez minutos después de la muerte, un hombre es una nube de polvo negro. No sutilicemos con recuerdos acerca de los individuos. Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio.

>>Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno o, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado.¡Al diablo con ello! Así, pues, adelante con los clubes y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo.

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4 pensamientos en “Discurso completo del capitán Beatty (Fahrenheit 451)

      • ¡Uf! Sería una difícil decisión pero yo, además de Fahrenheit 451 añadiría El Principito, Una habitación propia y El Banquero Anarquista. Se me ocurren muchos más, pero creo que esos títulos provocan e invitan al pensamiento. ¿Cual añadirías tú?

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      • Yo siempre he echado de menos La Historia Interminable, y El Principito debería ir en las agendas que les regalan en los centros. Quizás también para los mayores Cien años de soledad, para que vean que la literatura en español no sólo se escribe en España. Vaya, esta lista no tendría fin…

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